Pavese supo de tormentas y se dejó arrastrar por ellas. Yo vivo las mías, solo, por decisión, por terquedad, por obcecación, por querer ir contra corriente, por tomar más compromisos, por aprensión de dejar un mundo donde no quiero más estar, pulsando el botón rojo con este cuerpo que ya se consume al volver a empezar.
El sueño no es consuelo, es evocación y escape, es punto de fuga de un momento presente que se proyecta a un futuro de incertidumbres. Una explosión lejana que está allí y está aquí, buscando sorprenderme, mientras me preparo una porción de felicidad relativa al fuego.
Temo no ver más energía en mi indicador interior, desgastado estoy, roca limada por el agua, quebrado por dentro y por fuera, alma rota, queja sorda que nadie oye, repetición de rituales que alivian la pena que causan esos actos fallidos de buscar revivir momentos superados, ya vividos. Buscando dejar atrás, dejar atrás. Y solo una gratificación, ese abrazo al borde de la noche que, por un instante me silencia, que compensa tanto dolor.
Yo no soy solo.